Josh tenía 21 años cuando hizo su último intento de quitarse la vida.
25 de noviembre de 2020 - La vida de la familia Hendy cambió de golpe al despertar con la noticia de la muerte de Josh. Josh tenía antecedentes de depresión. Esta enfermedad afectaba a su capacidad para regular sus emociones, y cada dificultad le provocaba una angustia extrema que lo hundía cada vez más.
Pero por fuera, Josh había sido siempre «el alma de la fiesta». Su depresión estaba demasiado bien disimulada, y poco a poco le hacía sentirse más desesperanzado, pese a las sonrisas que compartía y el cariño que daba. Aunque había buscado ayuda médica, nada había funcionado. Al no querer ser una carga para sus amigos y familiares —siempre fue considerado, incluso en su propio perjuicio—, Josh no logró apoyarse en sus redes de apoyo.
Las dificultades de Josh comenzaron en el instituto. Su pasión era la música, lo que lo diferenciaba de la obsesión de sus compañeros por el deporte. DJ en ciernes, Josh a menudo sentía que no «encajaba» con los demás estudiantes. Agravada por el síndrome de Tourette, que se manifestaba con tics físicos y verbales, esta situación lo convirtió en blanco de acoso escolar. El estigma en torno al síndrome de Tourette contribuyó a la depresión que ya empezaba a afectarle.
A pesar del acoso y de sus dificultades de salud, Josh era brillante y sobresalía en el colegio sin esfuerzo. Aun dedicando su tiempo a la Playstation o a mezclar temas como DJ en ciernes en lugar de estudiar, Josh acabó cursando Ingeniería en la universidad.
«Un asesino silencioso»
Josh sentía que su depresión no tenía tratamiento posible. Valiente y abierto, buscó ayuda de profesionales médicos, asistió a numerosas sesiones de terapia y tomó medicación para intentar aliviar su dolor y su angustia. Al no encontrar la combinación adecuada de medicación y apoyo, Josh empezó a sentirse desesperanzado, como si sus intentos de recuperarse de la depresión fueran tiempo perdido. Hizo varios intentos de suicidio antes de aquel último, que resultó fatal.
La depresión había cegado a Josh, impidiéndole ver el cariño y el apoyo que lo rodeaban. Con más tiempo, quizá habría llegado a encontrar una vida que sintiera que merecía la pena vivir. Quizá habría encontrado un tratamiento que por fin funcionara. Quizá habría conocido a alguien que lo tratara bien y no contribuyera a su dolor.
Josh parecía rebosante de vida. Era brillante, inteligente y un auténtico pozo de conocimientos musicales. Como parte de una familia muy unida, siempre estaba presente en vacaciones, cumpleaños, Navidad y celebraciones. Disfrutaba mezclando temas para su familia y amigos. Dedicaba su tiempo a mejorar su comunidad. Pero por dentro, sus dificultades se habían vuelto demasiado difíciles de soportar.
Depresión y contenido dañino: una combinación letal
Tras su fallecimiento, su hermana Alice descubrió que Josh tenía un historial de búsquedas relacionadas con el suicidio en sus dispositivos. El único apoyo que le habían ofrecido los buscadores era el número de una línea de ayuda, algo lamentablemente insuficiente dada la gravedad del tema y el riesgo que suponía acceder a ese contenido.
Josh se había quitado la vida, pero fue la depresión quien lo mató. Esta enfermedad es fácil de disimular, y golpea con más fuerza cuando las personas están en su momento más vulnerable, dejándolas sintiéndose indefensas. Sus víctimas suelen desempeñar los papeles que creen que su entorno espera de ellas: el familiar feliz y con éxito, el primero en la pista de baile, el amigo divertido. El estigma, la vergüenza y los efectos desmotivadores de la enfermedad impiden a quienes la sufren sentir que pueden encontrar la ayuda que necesitan.
De las 140 000 personas en Inglaterra y Gales que intentan suicidarse cada año, se estima que el 70 % padece depresión, con demasiada frecuencia sin diagnosticar.
La facilidad de acceso a los medios para suicidarse es también, según el NHS, un factor importante que aumenta la probabilidad de que una persona muera por suicidio. Las redes sociales y los foros especializados hacen que estos medios sean más accesibles, al ofrecer una variedad de métodos a las personas que buscan ese contenido, o que se lo encuentran por casualidad.
Josh Hendy: inspirar ayuda cuando más se necesita
La herramienta Ripple no es una cura para la depresión, pero, si se adopta, puede ayudar a retrasar el intento de quienes están en riesgo de suicidio el tiempo suficiente como para permitirles encontrar el apoyo que necesitan. Estimamos que podrían salvarse 1000 vidas cada año si Ripple fuera adoptada por organizaciones, hogares e instituciones educativas de todo el Reino Unido.
La familia de Josh hace un llamamiento a padres, colegios, centros de formación, universidades y empresas para que reconozcan el riesgo de la depresión y sus síntomas menos evidentes. Ripple existe con la esperanza de que, algún día, ninguna familia tenga que vivir la misma trágica experiencia que la de Josh.

